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A DIOS SEA LA GLORIA

Por: Eynar Mina

En la sociedad contemporánea se supone que el reconocimiento, el honor, y la alabanza deben ser para mí ya que soy la persona más importante en todo el universo. Cosmovisiones egoístas como estas, producto del humanismo reinante en nuestra época, contradicen las enseñanzas de las Sagradas Escrituras que claramente establecen que Dios, el Creador y Sustentador de universo es el único merecedor todo el honor y toda la gloria.

Dios, el Altísimo, merece recibir la gloria porque no hay otro como El, porque solo Él es Dios, Él es el dueño de todo lo que existe en la creación, y mediante Su providencia controla el universo. Nada de lo que sucede se escapa al dominio y al conocimiento del Señor. Dios como soberano del universo es el único dingo de recibir todo reconocimiento y honor.

De otro lado Dios merece recibir toda la gloria debido al cuidado que tiene de Su creación y a la alta posición en que colocó a los seres humanos. Desde el inicio de la creación Dios constituyó al hombre como corona y gobernador dándole poder y autoridad sobre todo lo creado. Para que el ser humano cumpliera eficazmente con la tarea asignada, Dios lo ha dotado de sabiduría e inteligencia y sobre todo le dio la capacidad de relacionarse personalmente con su Creador.

Como seres humanos, desde los comienzos, nos revelamos contra Dios, desobedecimos al buen Padre y decidimos andar en nuestro propio camino. Dios en su amor y misericordia ha intervenido ofreciendo perdón y restauración a aquellos que lo han dejado. En cada época de la historia, Dios ha ofrecido y dispuesto perdón y reconciliación. Cada ser humano que le ha fallado se le ha dado en Cristo Jesús, la oportunidad de perdón y restauración. Los brazos y el corazón amoroso de Dios siempre han estado dispuestos para recibir a quienes lo han abandonado. Cuando hemos venido a Dios, su perdón ha sido incondicional y en Cristo, Su hijo, hemos recibido todo tipo de bendiciones espirituales y materiales.

Por lo anteriormente expuesto y por mucho más Dios debe recibir la gloria de cada ser humano. Se le da la gloria a Dios, reconociéndolo como el Señor de nuestra vida, obedeciéndole en todo lo que demanda de nosotros, viviendo una vida según Sus expectativas, y le damos gloria a Dios administrando nuestra vida, capacidades, talentos y posesiones según lo establecido por El.
Todo lo que eres, todo lo que posees, todo lo que disfrutas le pertenece a Dios y es por Su gracia que eres quien eres, tienes lo que tienes y disfrutas todo tipo de bienes. Lo más sabio, entonces, es reconocer a Dios la gloria y dársela sin restricciones en cada instante y con cada acto de tu vida.

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